Investigadores hallaron aumentos de O₂ a 4.000 metros de profundidad. ¿Electroquímica natural o error de medición? El debate sigue abierto.
Durante siglos, la narrativa científica pareció clara: el oxígeno libre del planeta es resultado directo de la fotosíntesis. Sin luz solar, no hay producción significativa de O₂. Esa relación casi elemental entre vida y atmósfera fue uno de los pilares de la biología moderna.
Pero en 2024, un equipo liderado por la Scottish Association for Marine Science publicó en la revista Nature Geoscience evidencia que introduce matices inesperados. A unos 4.000 metros de profundidad, en la Zona Clarion-Clipperton del Pacífico, los investigadores detectaron aumentos de oxígeno en condiciones de oscuridad absoluta. Allí no llega la luz. No hay algas. No hay fotosíntesis.
El escenario no es menor. La Zona Clarion-Clipperton alberga millones de nódulos polimetálicos, concreciones ricas en manganeso, níquel y cobalto que hoy despiertan fuerte interés industrial por su valor estratégico en baterías y tecnología. Estos cuerpos minerales, según la hipótesis planteada, podrían comportarse bajo ciertas condiciones como pequeñas “baterías geológicas”.
La idea es sencilla en su formulación, aunque compleja en su validación: al interactuar entre sí y con el entorno químico marino, los nódulos generarían potenciales eléctricos naturales capaces de inducir un proceso similar a la electrólisis. En laboratorio, la electrólisis divide el agua en hidrógeno y oxígeno mediante corriente eléctrica. En el fondo abisal, el proceso sería mucho más débil, pero conceptualmente comparable.
El hallazgo fue bautizado de manera informal como “oxígeno oscuro”. Sin embargo, la propia comunidad científica se mueve con cautela. Algunos especialistas advierten que las mediciones podrían estar afectadas por artefactos instrumentales. Otros sostienen que procesos geoquímicos ya conocidos podrían explicar los datos sin necesidad de invocar electrólisis natural. Tampoco está claro si el fenómeno, aun siendo real, tiene impacto ecológico relevante.
Lo que sí parece firme es la observación: en condiciones específicas se registraron aumentos de oxígeno donde no debería haberlos según el modelo clásico. El mecanismo exacto, en cambio, sigue bajo análisis.
Las implicancias potenciales exceden el fondo del Pacífico. Si existen fuentes abióticas locales de oxígeno, incluso pequeñas, podrían haber generado microambientes oxidantes en la Tierra primitiva antes del Gran Evento de Oxidación. Eso obligaría a revisar algunos esquemas sobre la evolución metabólica temprana. No desplaza el rol central de la fotosíntesis, pero introduce una capa adicional de complejidad.
El debate también alcanza a la astrobiología. Misiones como las impulsadas por la NASA buscan oxígeno en atmósferas de exoplanetas como posible biofirma. Si procesos geológicos pueden producirlo sin intervención biológica, la interpretación deja de ser automática. El oxígeno pasaría de ser una prueba casi directa de vida a una señal que exige contexto.
Y hay un tercer frente: la minería en aguas profundas. La Zona Clarion-Clipperton es hoy epicentro de exploración internacional. Si los nódulos cumplen funciones geoquímicas o ecológicas más activas de lo pensado, su remoción podría tener consecuencias difíciles de prever en ecosistemas todavía poco comprendidos.
La respuesta, por ahora, es prudente. El fenómeno existe como observación experimental. El mecanismo permanece en discusión. Y su impacto global, si es que lo tiene, todavía no está definido. En la frontera del conocimiento, la ciencia avanza así: con datos que incomodan certezas y con debates que obligan a mirar de nuevo lo que creíamos establecido.
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