La Secretaría de Comercio, funcional a Marcos Galperin, ordenó bajar supuestas promociones “engañosas” y el gigante chino judicializó la medida. ¿Quién regula cuando el mercado es global?
En el país del “libre mercado” sin restricciones, el conflicto entre Mercado Libre y Temu dejó en evidencia una paradoja que incomoda al Gobierno libertario: cuando las reglas desaparecen, los grandes también piden árbitro.
La denuncia presentada por la plataforma de Marcos Galperin ante la Secretaría de Comercio acusó al gigante chino Temu de incurrir en publicidad engañosa, utilizando promociones extremas —rebajas del 80 %, productos “gratis”— que inducen al error y ocultan costos hasta el último momento del proceso de compra.
La respuesta oficial no tardó: el organismo ordenó retirar ese tipo de mensajes publicitarios, considerando que alteran la decisión de compra y distorsionan la competencia con empresas que operan bajo normas locales. La decisión, inesperada para un modelo que promueve la autorregulación y la apertura irrestricta, generó un efecto inmediato: Temu judicializó la medida, acusando al Estado argentino de interferencia y asegurando que sus campañas se ajustan a estándares globales de marketing digital.
Más allá del litigio puntual, la pelea dejó expuesta una discusión de fondo. El comercio online transfronterizo en Argentina se disparó: solo en 2025 alcanzó los 894 millones de dólares. En parte, gracias a un combo explosivo: atraso cambiario, caída del consumo interno y flexibilización total de las barreras de importación vía plataformas digitales.
En ese escenario, Temu representa el nuevo jugador global sin sede ni empleados en el país, pero con impacto real sobre el comercio local. Mercado Libre, históricamente favorecida por regulaciones laxas y beneficios fiscales, ahora se presenta como víctima de una competencia desleal.
¿Libre mercado o guerra sin reglas?
El modelo que propone el Gobierno de Javier Milei desarma controles, desfinancia organismos de fiscalización y demoniza cualquier intervención estatal. Pero incluso bajo esa lógica, aparece un límite: cuando las empresas globales arrasan con prácticas cuestionables, los actores locales exigen protección. El discurso libertario, entonces, entra en cortocircuito.
Porque si “la competencia ordena”, ¿quién define las condiciones del juego? ¿Qué pasa cuando un algoritmo chino captura consumidores argentinos con precios imposibles y condiciones ocultas? ¿Dónde queda la tan mentada “soberanía del consumidor” cuando todo se decide en servidores alojados a miles de kilómetros?
La denuncia de Mercado Libre y la intervención de la Secretaría de Comercio no fueron una defensa del Estado: fueron una defensa del mercado local. Pero lo que revelan es más profundo: que sin reglas claras, los grandes también pierden. Y que el libre mercado, sin árbitro, no es libertad. Es ley del más fuerte.
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