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Mar, Mar

Interés General

Con una economía golpeada y una Legislatura en conflicto, Claudio Vidal busca herramientas extraordinarias, mientras crecen las dudas sobre el rumbo político de Santa Cruz.

Hay frases que suenan bien. Que ordenan el relato, que simplifican el conflicto y que, sobre todo, ubican al que las pronuncia en un lugar cómodo: el de quien pelea contra fuerzas oscuras. El gobernador Claudio Vidal eligió una de manual: “no nos quieren dejar gobernar”.

Es eficaz. También es peligrosa.

Porque en esa oración hay una trampa. Una que la política argentina conoce demasiado bien: convertir cualquier límite institucional en un acto de sabotaje. Traducido: si el Congreso —o en este caso la Legislatura— no aprueba lo que el Ejecutivo quiere, entonces no está cumpliendo su rol, sino conspirando.

Pero no. La democracia no funciona así.

El viejo truco: gobernar sin frenos

Santa Cruz no inventó nada. La apelación a la “emergencia” como llave maestra tiene larga tradición en la Argentina. Desde los años noventa hasta hoy, distintos gobiernos —de distintos signos— han recurrido a esa herramienta para ampliar márgenes de maniobra. A veces con razón. Otras, no tanto.

El problema no es la emergencia en sí. El problema es su uso.

Porque cuando la emergencia deja de ser excepcional y se vuelve norma, lo que se erosiona no es un detalle técnico: es el equilibrio de poderes. Y sin equilibrio, la democracia empieza a parecerse peligrosamente a otra cosa.

Entonces, la pregunta es inevitable:
¿Santa Cruz necesita una herramienta puntual para atravesar una crisis o un cheque en blanco para gobernar sin controles?

La oposición como enemigo: un atajo discursivo

Vidal va más allá. Habla de sectores que “mienten”, que “generan caos”, que actúan de forma “antidemocrática”.

Otra vez: una narrativa conocida.

En ese esquema, la oposición deja de ser adversario para convertirse en obstáculo ilegítimo. Y ahí hay un corrimiento sutil pero grave. Porque si el que piensa distinto no es un interlocutor válido sino un actor dañino, entonces cualquier medida para neutralizarlo empieza a justificarse.

La historia argentina tiene demasiados ejemplos de ese desliz.

No hace falta ir muy lejos. En distintas etapas —civiles y militares— el poder justificó la concentración de decisiones en nombre del orden, la estabilidad o la emergencia. Siempre había una excusa. Siempre había un “enemigo”.

Los gremios, el blanco móvil

El gobernador también apunta a los sindicatos. Sugiere manejos irregulares, habla de intereses oscuros, desliza complicidades.

Puede haber casos reales, claro. Nadie sensato negaría que el mundo sindical —como cualquier otro— tiene zonas opacas. Pero otra cosa es generalizar. Otra cosa es instalar sospechas sin nombres propios ni denuncias concretas.

Porque ahí ya no estamos en el terreno de la gestión. Estamos en el de la construcción política del adversario.

Y eso, otra vez, simplifica. Demasiado.

La economía como argumento total

El cuadro se completa con el contexto económico. Crisis, falta de recursos, condicionamientos externos, cifras millonarias que abruman. Todo eso es cierto, en mayor o menor medida.

Pero hay un riesgo: que la economía se convierta en argumento absoluto. En una especie de carta blanca que justifique cualquier decisión.

La Argentina también conoce ese camino. Cada crisis habilitó medidas excepcionales. Algunas necesarias. Otras, discutibles. Varias, permanentes.

Entonces, otra vez:
¿la urgencia explica todo o también exige más transparencia, más control, más debate?

Gobernar es algo más incómodo

Hay algo que conviene decir sin rodeos: gobernar no es solo ejecutar. Es persuadir, negociar, aceptar límites. Incluso frustrarse.

Cuando un gobierno sostiene que no lo dejan gobernar, en realidad está diciendo otra cosa: que no logra construir mayorías suficientes para avanzar con su agenda.

Y eso no es un golpe institucional. Es política.

La Legislatura no es una escribanía. Los gremios no son un adorno. La oposición no es un estorbo accidental. Son parte del sistema. Funcionan —o deberían funcionar— como contrapeso.

Molestan, sí. Pero esa es la idea.

Una pregunta incómoda para cerrar

Tal vez el punto más delicado no esté en la ley de emergencia, ni en la oposición, ni siquiera en la crisis económica.

Tal vez esté en algo más profundo.

Si cada límite se interpreta como una amenaza…
si cada crítica se vive como una operación…
si cada desacuerdo se traduce en “no me dejan gobernar”…

Entonces la pregunta ya no es sobre Santa Cruz.

Es sobre el tipo de democracia que estamos dispuestos a sostener.

Si llegaste hasta acá tomate un descanso con la mejor música