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Mié, Mar

Interés General

La inauguración encabezada por Claudio Vidal prometía mejorar la conectividad de Santa Cruz, pero tres meses después surgen preguntas que nadie quiso hacer en diciembre.

El 22 de diciembre de 2025 el gobierno de Santa Cruz organizó una inauguración con foto política incluida. El gobernador Claudio Vidal encabezó el acto de reapertura de la pista del Aeropuerto Internacional Piloto Civil Norberto Fernández de Río Gallegos y la obra fue presentada como un hito para la conectividad aérea de la provincia.

La narrativa oficial fue clara: inversión millonaria, infraestructura estratégica y una mejora clave para el sur argentino.

Sin embargo, 78 días después de aquella inauguración, la realidad empieza a mostrar algo que durante semanas nadie quiso poner sobre la mesa.

Una discusión incómoda.
Una discusión técnica.
Pero sobre todo una discusión política.

Porque el aeropuerto está inaugurado, sí.
Pero el sistema operativo que debería sostener esa infraestructura no parece haber estado completamente listo cuando se cortó la cinta.

La cuestión explotó públicamente recién en las últimas horas, cuando el intendente de Río Gallegos, Pablo Grasso, decidió expresar su preocupación por la situación operativa del aeropuerto.

Y conviene aclararlo desde el principio: esto no es una pelea partidaria.

Es un problema que afecta directamente a los santacruceños.

Y por eso merece una explicación seria.

El aeropuerto de Río Gallegos no es un aeropuerto menor. Es el principal punto de conexión aérea de la capital provincial y una base logística clave para las operaciones hacia la Antártida.

Durante décadas fue, además, uno de los aeropuertos con la pista más extensa del país, preparada para operar aeronaves de gran porte en condiciones meteorológicas complejas.

Por eso la obra fue presentada como estratégica.

Se habló de inversión.
Se habló de desarrollo.
Se habló de conectividad.

Lo que nadie explicó con claridad es si todo el sistema técnico necesario para operar esa infraestructura estaba realmente listo cuando se decidió inaugurarla.

Porque en aviación una pista no es solo asfalto.

También dependen de ella los procedimientos de aproximación, las cartas aeronáuticas, los protocolos operativos y las condiciones de seguridad que utilizan pilotos y controladores.

Si esas piezas no están sincronizadas con la infraestructura, el aeropuerto puede estar inaugurado, pero su operación sigue teniendo limitaciones.

Y cuando eso ocurre, los primeros en sufrir las consecuencias son los pasajeros.

Cuando un avión no puede aterrizar en Río Gallegos, el aeropuerto alternativo más cercano suele ser El Calafate.

Eso significa que personas que volaban hacia la capital provincial pueden terminar aterrizando a más de 300 kilómetros de su destino.

Después vienen las horas de espera, los traslados por ruta, la pérdida de conexiones y los gastos que nadie cubre.

Para un funcionario puede ser un dato técnico.

Para un santacruceño es un problema real.

Y aquí aparece la pregunta que nadie quiso hacer durante casi tres meses.

¿El gobierno de Santa Cruz sabía que la operación del aeropuerto podía tener limitaciones cuando decidió inaugurar la obra?

Porque hay solo dos escenarios posibles.

El primero es que el gobierno provincial no estuviera al tanto de estas situaciones.

Eso hablaría de una preocupante falta de seguimiento sobre una infraestructura estratégica para la provincia.

El segundo escenario es aún peor: que sí lo supiera y que esa información no se haya explicado públicamente cuando se presentó la obra como un éxito.

En cualquiera de los dos casos, el problema es político.

Es cierto que la operación aeroportuaria depende principalmente de organismos nacionales como la ANAC, la Empresa Argentina de Navegación Aérea y la concesionaria aeroportuaria.

Pero también es cierto que cuando una obra de esta magnitud se inaugura en una provincia, el gobierno local no puede limitarse a la foto.

Tiene la obligación de asegurarse de que funcione.

Claudio Vidal estuvo en la inauguración.
Celebró la obra.
Destacó su impacto para Santa Cruz.

Por lo tanto, es razonable que los santacruceños esperen que el gobierno provincial sea también el primero en exigir que todo el sistema operativo funcione sin afectar a los pasajeros.

La intervención pública de Pablo Grasso puede generar incomodidades políticas.

Pero hay un hecho que no debería perderse de vista: alguien decidió decir en voz alta lo que muchos usuarios del aeropuerto venían experimentando en silencio.

Cuando se trata de infraestructura estratégica, lo importante no es quién lo dice.

Lo importante es si lo que se dice merece una respuesta.

Santa Cruz necesita aeropuertos que funcionen.

Necesita infraestructura moderna, sí.

Pero también necesita algo que muchas veces parece escasear en la política argentina: planificación seria y transparencia.

Porque cuando un vuelo que debía aterrizar en Río Gallegos termina en otra ciudad, el problema deja de ser técnico.

Se convierte en un problema cotidiano para miles de personas.

Y cuando pasan 78 días desde una inauguración sin que nadie explique lo que realmente está pasando, lo mínimo que la sociedad puede exigir es algo bastante elemental.

Que se diga toda la verdad.

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