El proyecto liderado por Europa apunta a mapear gas frío, polvo cósmico y galaxias invisibles para los instrumentos actuales desde el desierto de Atacama.
Un nuevo telescopio liderado por Europa podría cambiar la forma en que los astrónomos observan el universo. Se llama Atacama Large Aperture Submillimeter Telescope, más conocido como AtLAST, y su objetivo es ambicioso: revelar regiones del cosmos que permanecen ocultas detrás de enormes cantidades de polvo cósmico.
La razón es sencilla y enorme a la vez. Buena parte de la luz que proviene de las galaxias queda atrapada o difusa en zonas cargadas de polvo, especialmente hacia los centros galácticos. Eso significa que la imagen disponible del universo está incompleta. Según explican los investigadores, casi la mitad de la luz de las galaxias permanece enterrada en esas regiones opacas para los telescopios tradicionales.
Para entrar en ese territorio oculto, los astrónomos necesitan observar en longitudes de onda submilimétricas, ubicadas entre las ondas de radio y el infrarrojo. Esa ventana permite estudiar gas frío, polvo y zonas donde nacen estrellas y planetas. Sin esa mirada, advirtió la astrofísica Claudia Cicone, de la Universidad de Oslo, la astronomía obtiene una imagen sesgada de lo que realmente existe.
En las últimas décadas, el observatorio ALMA, instalado en Chile, permitió avanzar sobre algunas de esas regiones. Pero el nuevo proyecto busca ir mucho más allá. AtLAST está pensado como un telescopio de 50 metros, mucho más grande que cualquier instrumento submilimétrico construido hasta ahora, con capacidad para mapear grandes porciones del cielo y no sólo observar áreas puntuales.
El desarrollo inicial avanza bajo el proyecto AtLAST2, previsto hasta 2028. Participan investigadores de Europa y de distintos países, entre ellos Chile, Sudáfrica, Canadá, Taiwán, Tailandia, Nueva Zelanda, Japón y Estados Unidos. Durante esta etapa se refinan prototipos, tecnologías centrales y criterios para que la futura instalación funcione de la manera más sustentable posible.
La diferencia con ALMA ayuda a entender la escala del salto. ALMA funciona como una suerte de microscopio astronómico, capaz de estudiar con enorme precisión regiones pequeñas. AtLAST, en cambio, sería una cámara gran angular. Según Tony Mroczkowski, del Instituto de Ciencias Espaciales de España, ALMA sólo puede observar en una toma un área miles de veces menor que la superficie aparente de la Luna, mientras que AtLAST podría cubrir hasta el equivalente a 16 lunas en cada observación.
Esa capacidad permitiría hacer censos amplios de regiones polvorientas en todo el universo. Para lograrlo, el telescopio deberá moverse con rapidez y precisión, trazando mapas de ida y vuelta sobre el cielo. El resultado esperado es un volumen de datos inédito sobre gas frío, polvo, galaxias oscurecidas y procesos de formación estelar.
El diseño también impresiona por sus dimensiones. El plato principal tendría 50 metros, paneles de aluminio, una estructura de respaldo de acero masivo y un peso total estimado en unas 4.400 toneladas. Además, incluiría un espejo secundario de 12 metros, más grande que muchos telescopios completos, para ampliar el campo de visión.
El lugar elegido sería el desierto de Atacama, cerca de ALMA, a más de cinco kilómetros sobre el nivel del mar. Esa altura, junto con la sequedad extrema de la atmósfera, ofrece condiciones excepcionales para observar el universo en longitudes submilimétricas. Pero el proyecto suma otro desafío: funcionar sin combustibles fósiles.
El equipo trabaja en un esquema de energía renovable, con combinaciones de energía solar, baterías, almacenamiento en hidruro metálico y recuperación de energía durante el frenado del telescopio, en una lógica similar a la de un auto híbrido. La meta es que AtLAST marque también un precedente para la construcción de grandes observatorios compatibles con objetivos climáticos.
La ambición científica es enorme. AtLAST podría detectar gas frío y polvo que alimentan la formación de estrellas, galaxias que hoy aparecen confundidas entre sí y componentes poco observados de la atmósfera solar. También permitiría estudiar la variabilidad de llamaradas solares con un nivel de detalle inédito para este tipo de instrumento.
Uno de los problemas que buscará resolver es el llamado límite de confusión. En regiones muy polvorientas, los astrónomos detectan luz, pero no pueden determinar si proviene de una galaxia, de diez o de mil. Con su resolución y campo de visión, AtLAST podría recuperar esas galaxias desaparecidas y, según las estimaciones del proyecto, encontrar hasta 50 millones en mil horas de observación.
Ese mapa tendría impacto directo en preguntas mayores de la cosmología: cómo evolucionó el universo, cómo se distribuye la materia que todavía no se pudo observar con claridad, qué papel cumplen el gas caliente y frío alrededor de las galaxias, y cómo se vinculan esos elementos con la energía oscura y la materia oscura.
La búsqueda también podría acercarse a una de las preguntas más antiguas de la ciencia: cómo emerge la vida. Al detectar moléculas que podrían actuar como bloques básicos en ese proceso, AtLAST permitiría estudiar con más detalle nubes moleculares, discos de escombros alrededor de estrellas jóvenes y regiones donde nacen sistemas planetarios.
Los investigadores no descartan que los mayores descubrimientos vengan de lo inesperado. Eventos transitorios, fenómenos breves y señales que sólo aparecen en longitudes submilimétricas podrían quedar al alcance de un telescopio con un campo de visión tan amplio. AtLAST está diseñado para operar durante 50 años, con instrumentos actualizables y una vida útil pensada para varias generaciones de astrónomos.
La promesa no es menor: construir una herramienta capaz de mirar donde hoy el universo todavía se esconde. Si el proyecto avanza como está previsto, AtLAST no sólo ampliará el mapa del cosmos. También podría mostrar que la mitad que falta no estaba ausente, sino tapada por el polvo.
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