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Vie, May

Ciencia y Tecnología

Un estudio publicado en Frontiers in Microbiology advierte que formulaciones con glifosato podrían seleccionar microorganismos capaces de sobrevivir a antibióticos y moverse entre ambientes agrícolas y hospitalarios.

Uno de los herbicidas más utilizados del mundo vuelve a quedar bajo la lupa, esta vez por un posible vínculo con la expansión de bacterias resistentes a los antibióticos. Una investigación publicada en Frontiers in Microbiology advierte que los herbicidas a base de glifosato podrían contribuir a la selección y propagación de microorganismos capaces de sobrevivir tanto a tratamientos antimicrobianos como a altas concentraciones del producto usado en entornos agrícolas.

El estudio fue encabezado por la doctora Daniela Centrón, investigadora del Instituto de Microbiología Médica y Parasitología de Buenos Aires, junto a un equipo que analizó cepas bacterianas ambientales y hospitalarias. Según explicó la científica, las especies más comunes de bacterias multirresistentes en hospitales no sólo mostraron resistencia a múltiples clases de antibióticos, sino también a concentraciones elevadas de glifosato.

La resistencia antimicrobiana ya representa una de las principales amenazas sanitarias globales. Cada año, contribuye a entre 1,1 y 1,4 millones de muertes en todo el mundo. Hasta ahora, el foco de la preocupación pública suele estar puesto en el uso excesivo o inadecuado de antibióticos. Sin embargo, este trabajo plantea que otros productos de uso extendido, como los herbicidas, también podrían intervenir en la supervivencia de bacterias resistentes.

Entre 2018 y 2020, el equipo recolectó 68 cepas bacterianas de sedimentos en un área de humedales protegida del delta del Paraná, al norte de Buenos Aires. Aunque dentro de la reserva no se aplica glifosato, los terrenos agrícolas cercanos reciben tratamientos regulares con ese herbicida. Las muestras fueron evaluadas frente a 16 antibióticos de uso común, entre ellos ampicilina con sulbactam, meropenem, tetraciclina y vancomicina. También fueron expuestas a glifosato puro y a herbicidas formulados con esa sustancia.

Los resultados se compararon con 19 cepas bacterianas obtenidas de hospitales locales, incluidas especies multirresistentes, y con otras 15 cepas procedentes de corrales de engorde y suelos agrícolas expuestos a herbicidas. El cruce de esos ambientes permitió observar un fenómeno inquietante: bacterias vinculadas con infecciones hospitalarias también resistían al glifosato y a productos comerciales basados en ese compuesto.

Las cepas hospitalarias mostraron resistencia a entre uno y dieciséis antibióticos. Cerca del 74% presentó resistencia a los carbapenémicos, una clase de antibióticos de amplio espectro utilizada muchas veces como último recurso. A la vez, todas las cepas hospitalarias evaluadas exhibieron una fuerte resistencia al glifosato y a herbicidas formulados con ese principio activo.

Para la doctora Camila Knecht, primera autora del estudio e integrante del equipo de Centrón, ese dato abre una preocupación concreta: si esas bacterias llegan al ambiente mediante aguas residuales hospitalarias no tratadas, podrían proliferar en zonas agrícolas donde se utiliza glifosato. El riesgo no estaría sólo en el hospital ni sólo en el campo, sino en la conexión entre ambos espacios.

Las muestras del delta del Paraná incluyeron 15 géneros bacterianos, entre ellos Acinetobacter, Pseudomonas, Exiguobacterium y Chryseobacterium. Todos mostraron algún nivel de resistencia al glifosato y a herbicidas relacionados. Las cepas de Enterobacter fueron las que toleraron las concentraciones más altas, con niveles de hasta 80 miligramos por mililitro. En cambio, cepas de Bacillus, habituales en el suelo, resultaron mucho más sensibles: su crecimiento se inhibió con concentraciones de apenas 2,5 miligramos por mililitro.

El análisis genético de las 102 cepas estudiadas permitió observar que las bacterias más resistentes al glifosato solían estar emparentadas entre sí, aunque provinieran de lugares distintos. Los mismos géneros aparecieron con resistencia en hospitales, zonas agrícolas y el delta del Paraná. Ese patrón refuerza la hipótesis de una circulación ambiental y sanitaria más amplia de la resistencia.

El doctor Jochen A. Müller, del Instituto Tecnológico de Karlsruhe y coautor del trabajo, planteó que el uso de glifosato favorece la evolución de bacterias resistentes en suelos contaminados, mientras que el uso de antibióticos hace lo propio en hospitales. Entre ambos mundos, el ciclo del agua aparece como una vía de transmisión capaz de mover bacterias y genes de resistencia en distintas direcciones.

El glifosato ya arrastra una larga controversia científica, ambiental y regulatoria. Estudios previos lo vincularon con efectos nocivos en artrópodos, especialmente en abejas, y la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer lo clasifica como probable carcinógeno para los seres humanos. Algunos países europeos, como Francia, Bélgica y Países Bajos, prohibieron su uso doméstico, mientras que Alemania lo restringe en espacios públicos.

A partir de estos resultados, Centrón propuso revisar las políticas de autorización de plaguicidas. La investigadora sostuvo que antes de su comercialización deberían realizarse pruebas sobre selección conjunta con antibióticos. También planteó que las etiquetas incluyan advertencias sobre la posibilidad de que genes de resistencia antimicrobiana pasen desde suelos contaminados con glifosato hacia hospitales a través del agua no tratada.

La investigación no afirma que el glifosato sea el único responsable de la resistencia antimicrobiana, pero sí introduce una señal de alarma en un debate urgente. Si herbicidas de uso masivo pueden favorecer la persistencia de bacterias difíciles de tratar, la discusión sanitaria ya no puede limitarse a los antibióticos. También deberá mirar con más atención qué ocurre en los suelos, en el agua y en la frontera cada vez más porosa entre producción agrícola, ambiente y salud pública.

Fuente: DOI: 10.3389/fmicb.2026.1740431

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