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Mié, May

Interés General

Una investigación periodística difundió grabaciones atribuidas a Juan Orlando Hernández que mencionan al mandatario argentino en una presunta operación digital contra México, Colombia y Honduras.

Audios atribuidos al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández mencionan al mandatario argentino en una presunta trama regional de operaciones digitales contra gobiernos de México, Colombia y Honduras. La autenticidad del material aún debe ser verificada por peritos independientes, pero el caso reactiva una pregunta histórica: quiénes intervienen, cómo y para qué en la política latinoamericana.

Hay escándalos que importan no sólo por lo que prueban, sino también por lo que obligan a mirar. Hondurasgate pertenece, por ahora, a esa zona incómoda. La de los hechos graves, las acusaciones explosivas y las pruebas todavía incompletas.

La investigación difundida por el sitio Hondurasgate y por Canal Red puso en circulación una serie de audios atribuidos al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos por narcotráfico y luego indultado por Donald Trump, según el informe base. En esas grabaciones, cuya autenticidad todavía no fue corroborada por un peritaje independiente, se habla de una presunta estructura continental destinada a intervenir en la conversación pública de varios países latinoamericanos. Entre los nombres mencionados aparece el del presidente argentino Javier Milei.

El punto más sensible para la Argentina está en un audio fechado el 30 de enero de 2026, donde una voz atribuida a Hernández sostiene que Milei habría apoyado con 350.000 dólares la creación de una “oficina” o “unidad de periodismo digital” desde Estados Unidos, destinada a golpear políticamente a gobiernos como los de Claudia Sheinbaum, en México, y Gustavo Petro, en Colombia. El material periodístico disponible señala que los audios describen una operación de propaganda regional con sede fuera de Honduras para dificultar el rastreo de su origen.

La cautela es obligatoria. Hasta ahora, no hay registros bancarios, documentos oficiales ni actuaciones judiciales que prueben que ese dinero existió, que salió de la Argentina o que Milei haya participado de la maniobra. Incluso Pablo Iglesias, director de Diario Red, fue explícito: lo verificable, por ahora, es que en el audio Hernández dice eso; el resto requiere comprobación. Esa distinción no debilita la nota. Al contrario: la vuelve seria.

Página/12 informó que los audios atribuidos a Hernández aluden a una “Unidad Digital” con apoyo estadounidense para producir contenidos contra gobiernos progresistas de la región. Infobae, por su parte, recogió que las grabaciones apuntan a una operación continental de desinformación contra México, Colombia y Honduras, aunque también consignó las negativas de los involucrados y la falta de confirmación independiente definitiva. ([Página|12][1])

La agencia EFE, reproducida por Infobae, agregó otro dato relevante: el Congreso hondureño aprobó el envío de los audios a laboratorios especializados en Estados Unidos para su análisis, mientras dirigentes mencionados en las grabaciones denunciaron una fabricación. Es decir: el caso ya dejó de ser sólo una filtración periodística y entró en el terreno político-institucional.

La acusación y el silencio

El Gobierno argentino no ofreció, hasta el cierre de las primeras publicaciones, una explicación pública detallada sobre la mención a Milei. Funcionarios consultados por medios negaron cualquier participación, pero no hubo una respuesta institucional de peso equivalente a la gravedad de la acusación.

Ese silencio pesa. No prueba culpabilidad, desde luego. Pero en política los silencios también comunican. Más aún cuando el mismo Gobierno que reaccionó con fuerza ante denuncias de operaciones de influencia atribuidas a Rusia guarda prudencia extrema ante un caso que involucra a actores alineados con el universo ideológico de Trump, Netanyahu y las derechas latinoamericanas.

La contradicción es evidente: cuando la sospecha mira hacia Moscú, hay denuncia, despliegue y pedagogía oficial sobre la amenaza extranjera. Cuando la sospecha apunta hacia una red de derecha continental, la respuesta se vuelve brumosa, módica, casi administrativa.

Una trama nueva con métodos viejos

Sería un error leer Hondurasgate como un episodio aislado, reducido a un conjunto de audios todavía en disputa. América Latina conoce de memoria las formas de la injerencia externa. Cambian las herramientas, no siempre los objetivos.

Durante el siglo XX, Estados Unidos fue el actor externo más decisivo en la política regional. La lista es larga y dolorosa: golpes, financiamiento de oposiciones, apoyo a dictaduras, entrenamiento militar, presión diplomática, bloqueo económico, operaciones encubiertas, disciplinamiento financiero. Desde Guatemala en 1954 hasta Chile en 1973, desde Nicaragua hasta Panamá, desde la Guerra Fría hasta la doctrina de “seguridad nacional”, la región fue tratada demasiadas veces como patio trasero antes que como comunidad de naciones soberanas.

El periodista e historiador Gregorio Selser dedicó buena parte de su obra a reconstruir ese intervencionismo estadounidense en América Latina; Página/12 lo recordó como una figura clave para entender la expansión de Washington sobre el continente, desde la guerra con México en el siglo XIX hasta la consolidación de su influencia en el Caribe y Centroamérica tras 1898.

Pero el mapa contemporáneo es más complejo. Estados Unidos sigue siendo central, sobre todo por su peso militar, financiero, tecnológico y comunicacional. Sin embargo, ya no actúa solo en el tablero.

Israel aparece cada vez más vinculado a relaciones de seguridad, inteligencia, cibertecnología y cooperación militar con gobiernos latinoamericanos. Su influencia no siempre se expresa como intervención directa, sino como transferencia de tecnología, entrenamiento, vínculos con fuerzas de seguridad o afinidades geopolíticas con gobiernos de derecha.

Rusia desplegó en los últimos años una estrategia de influencia basada en medios, redes, acuerdos militares, energía, vacunas, propaganda y alianzas diplomáticas. Su presencia no tiene la densidad territorial de la estadounidense, pero sí capacidad de disputar narrativas, especialmente allí donde el antiamericanismo funciona como capital político.

China, por su parte, opera de otro modo: menos proclama ideológica y más infraestructura, comercio, financiamiento, tecnología, puertos, litio, energía y telecomunicaciones. No necesita tanques ni golpes palaciegos para condicionar decisiones. Le alcanza con convertirse en acreedor, comprador, proveedor o socio inevitable.

Y también están los otros: fundaciones, consultoras, iglesias, corporaciones digitales, fondos de inversión, agencias de cooperación, think tanks, operadores judiciales, ejércitos de trolls, granjas de contenido. La injerencia del siglo XXI no siempre entra por la puerta de una embajada. A veces entra por una pauta publicitaria, una ONG, una capacitación, una aplicación de mensajería o una campaña de “periodismo ciudadano” financiada desde otro país.

De los golpes militares a las operaciones digitales

La diferencia de época es crucial. En los años setenta, una intervención exitosa podía requerir generales, tanques, embajadores, empresarios locales y manuales de contrainsurgencia. Hoy puede requerir menos ruido: servidores, influencers, cuentas falsas, filtraciones selectivas, portales de noticias, pauta segmentada y aparatos judiciales predispuestos.

No es que el viejo método haya desaparecido. El golpe en Bolivia de 2019 mostró que las Fuerzas Armadas todavía podían irrumpir como actor decisivo en la ruptura del orden constitucional. Tiempo Argentino recogió entonces análisis que describían ese episodio como un retorno del protagonismo militar en la región y como una señal de alarma para las democracias latinoamericanas.

Pero la novedad es que la intervención contemporánea combina fierros con fibra óptica. Ya no se trata solamente de derrocar gobiernos. A veces alcanza con erosionarlos, deslegitimarlos, aislarlos, intoxicar la conversación pública y fabricar un clima social donde cualquier salida autoritaria parezca razonable.

Ese es el punto político del Hondurasgate. Si los audios fueran auténticos, lo que aparecería no sería apenas una conversación comprometedora entre dirigentes hondureños. Sería la posible existencia de una arquitectura regional para atacar gobiernos elegidos democráticamente mediante operaciones comunicacionales financiadas desde el exterior.

Milei en la constelación de las nuevas derechas

La eventual mención a Milei no sorprende por afinidad ideológica, aunque todavía no pruebe participación material. El Presidente argentino se integró, desde antes de llegar a la Casa Rosada, a una constelación internacional de derechas radicalizadas que comparten enemigos, lenguaje y estética: el “marxismo cultural”, la “casta”, el “globalismo”, el feminismo, el ambientalismo, los organismos multilaterales cuando estorban y la prensa cuando pregunta.

En ese ecosistema, Trump no es sólo un aliado externo. Es un modelo. Netanyahu no es sólo un jefe de Estado extranjero. Es una referencia de dureza, seguridad y alineamiento occidental. Vox, Bolsonaro, Bukele y otros actores completan un mapa donde la política nacional se piensa como capítulo de una guerra cultural global.

Por eso la pregunta argentina no puede limitarse a “si Milei pagó o no pagó”. Esa es la pregunta judicial, y necesita pruebas. La pregunta política es más amplia: ¿qué vínculos, financiamientos, asesorías, operadores y dispositivos comunicacionales conectan al mileísmo con la derecha internacional?

La democracia argentina tiene derecho a saberlo.

La prudencia no debe ser excusa para mirar para otro lado

El riesgo, en casos así, es doble. Por un lado, convertir una filtración no verificada en sentencia. Por el otro, usar la falta de peritaje independiente como pretexto para archivar el asunto antes de investigarlo.

Ninguno de los dos caminos sirve.

El periodismo responsable debe decir lo que sabe, lo que no sabe y lo que falta saber. Sabe que los audios fueron publicados. Sabe que en ellos se menciona a Milei. Sabe que los impulsores de la investigación aseguran haber realizado análisis técnicos. Sabe que los propios involucrados niegan la autenticidad del material. Sabe que agencias internacionales no pudieron verificar por cuenta propia las voces. Y sabe que Honduras activó una instancia de peritaje. 

Lo que todavía no sabe es lo central: si los audios son auténticos, si hubo financiamiento, si existió una operación concreta, si Milei participó, si alguien del Gobierno argentino intervino, si hubo intermediarios privados o si la mención al Presidente fue una exageración, una mentira o una maniobra de terceros.

Pero la ausencia de certeza final no cancela la relevancia pública. La posterga. La vuelve más exigente.

América Latina, otra vez como territorio en disputa

La historia latinoamericana enseña que las injerencias externas rara vez se presentan como tales. Siempre vienen envueltas en palabras nobles: libertad, democracia, estabilidad, lucha contra el comunismo, combate al narcotráfico, defensa de Occidente, modernización, inversión, seguridad, transparencia.

Después, cuando se mira de cerca, aparecen los intereses: recursos naturales, rutas comerciales, bases militares, control tecnológico, alineamientos diplomáticos, negocios energéticos, deuda, litio, alimentos, agua, datos.

Hondurasgate, aun con todas sus zonas oscuras, se inscribe en esa tradición. No porque ya pueda afirmarse que todo lo denunciado sea cierto, sino porque lo denunciado resulta verosímil dentro de una historia regional saturada de operaciones parecidas. Esa es la incomodidad del caso.

A América Latina no le faltan fantasmas. Le sobran antecedentes.

Y a la Argentina, en particular, no le alcanza con que la Casa Rosada diga por lo bajo que no tuvo nada que ver. Si el nombre del Presidente aparece en una presunta trama de financiamiento internacional para intervenir en la política de otros países, la respuesta democrática mínima debería ser pública, precisa y documentada.

No por cortesía con la oposición. No por concesión a la prensa. Por respeto a la soberanía nacional.

Porque si algo enseña la historia continental es que la injerencia extranjera siempre necesita socios locales. Militares, empresarios, jueces, periodistas, consultores, trolls, diplomáticos, aventureros o presidentes. La forma cambia. La pregunta permanece.

¿Quién habla en nombre de la patria cuando el poder real se negocia afuera?

Si llegaste hasta acá tomate un descanso con la mejor música