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Economía

El Gobierno de Javier Milei oficializó la reducción retenciones como gesto de previsibilidad para el sector exportador, mientras que los salarios, jubilaciones, provincias y servicios públicos siguen siendo ajustados.

El Gobierno nacional oficializó, mediante el Decreto 423/26, una reducción escalonada de los derechos de exportación para los principales complejos agroindustriales del país. La medida alcanza a cultivos como trigo, cebada, maíz, soja, girasol y sorgo, y fue presentada como parte de un sendero “gradual, previsible y verificable” orientado a dar certidumbre al sector agroexportador.

En la superficie, el impacto fiscal inicial parece menor. Para lo que resta de 2026, la baja aplicada sobre trigo y cebada tendría un costo estimado de entre USD 30 millones y USD 32 millones anuales. Traducido a una escala cotidiana, equivale a unos USD 2,7 millones por mes o cerca de USD 88 mil por día. Pero esa cifra funciona apenas como la primera foto de una película que recién mostrará su verdadero volumen en 2027 y 2028.

A partir del año próximo, cuando la reducción alcance una campaña completa y empiece a impactar sobre soja y oleaginosas, el costo para el Estado podría trepar a un rango de entre USD 390 millones y USD 690 millones anuales. En términos simples, serían hasta USD 45 millones por mes o alrededor de USD 1,5 millones por día que dejarían de entrar a las arcas públicas.

El salto más fuerte llegaría en 2028, cuando el esquema esté completamente desplegado. Según las estimaciones incluidas en el material de base, la resignación fiscal podría ubicarse entre USD 550 millones y USD 700 millones al año. Eso representa alrededor de USD 54 millones mensuales o USD 1,8 millones diarios.

El dato no puede leerse separado del contexto argentino. La decisión llega en una economía atravesada por recortes, pérdida de poder adquisitivo, salarios golpeados, jubilaciones bajo presión, obra pública paralizada, provincias ajustadas y servicios esenciales cada vez más tensionados. Mientras una parte importante de la sociedad discute cómo llega a fin de mes, el Estado decide resignar cientos de millones de dólares futuros en favor de uno de los sectores con mayor capacidad exportadora del país.

El argumento oficial es conocido: las retenciones son un impuesto distorsivo, desalientan la producción y deben desaparecer en la medida en que el superávit fiscal lo permita. El problema está en la base de ese superávit. No surge de una economía en expansión ni de una mejora generalizada de las condiciones de vida, sino de una política de ajuste profundo sobre áreas sensibles del Estado y sobre los ingresos de millones de argentinos.

Allí aparece la contradicción central. Para jubilados, trabajadores estatales, docentes, universidades, hospitales, comedores, provincias y sectores vulnerables, el mensaje oficial es austeridad, sacrificio y espera. Para el gran complejo agroexportador, en cambio, el mensaje es previsibilidad, alivio tributario y un cronograma de beneficios.

El campo argentino tiene un peso estratégico indiscutible. Genera divisas, empleo indirecto, movimiento logístico, actividad industrial asociada y presencia internacional. Pero también concentra una porción decisiva de la renta exportadora. Por eso, cuando el Estado decide reducir su participación en esa renta, la pregunta política aparece de inmediato: quién compensa lo que se deja de recaudar.

Porque los USD 700 millones que podrían resignarse en 2028 no son una abstracción contable. Son recursos que podrían financiar infraestructura, medicamentos, universidades, hospitales, rutas, viviendas o asistencia social. En un país con mayor holgura fiscal, la discusión podría ordenarse como un debate técnico sobre eficiencia tributaria. En la Argentina actual, con pobreza alta y una sociedad exhausta, la discusión es profundamente política.

El Gobierno apuesta a que la baja de retenciones impulse mayor producción, más exportaciones y una eventual compensación por volumen. Pero esa promesa depende de condiciones futuras: precios internacionales, clima, inversión, decisiones empresarias y dinámica cambiaria. Lo concreto, por ahora, es la renuncia fiscal programada. El beneficio tiene fecha, monto y destinatario. La compensación queda en el terreno de la expectativa.

La medida también deja expuesto el modelo de prioridades. No se trata solo de bajar impuestos. Se trata de decidir a quién se le baja, cuándo se le baja y en qué contexto social ocurre esa decisión. En este caso, la reducción se anuncia mientras el ajuste sobre ingresos populares, universidades, provincias y servicios públicos continúa presentado como inevitable.

El Decreto 423/26 puede ser leído como una señal fuerte hacia el agro. Pero también como una postal del rumbo económico: un Estado que se achica donde la sociedad más lo necesita, pero que conserva capacidad de hacer concesiones cuando se trata de sectores con poder económico, capacidad de presión y peso político.

La pregunta de fondo no es si las retenciones son buenas o malas en términos teóricos. La pregunta es otra: en una Argentina con salarios deteriorados, jubilaciones insuficientes y servicios públicos en crisis, quién paga el costo de aliviar a los sectores más concentrados de la economía.