Distante de los flashes, cercano como pocos a su público, el Indio construyó una relación única con generaciones que encontraron en sus canciones una patria emocional.
Hay muertes que no parecen muertes. Parecen un apagón en medio de una canción que todos sabíamos de memoria, pero que igual necesitábamos volver a escuchar .
Murió Carlos Alberto Solari, el Indio. Y la frase duele porque suena demasiado seca para alguien que nunca fue seco. Fue raro, áspero, luminoso, distante, popular, incómodo. Un artista que eligió no explicarse del todo y, quizás por eso mismo, terminó explicando a varias generaciones.
El Indio no fue solamente la voz de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Fue una manera de estar en el mundo. Una contraseña. Una lengua compartida entre pibes que viajaban colgados de trenes, laburantes con la remera gastada, estudiantes, perdedores hermosos, sobrevivientes de distintas intemperies. Gente que no iba a un recital: peregrinaba.
La Argentina tuvo muchas iglesias laicas. Algunas fueron estadios de fútbol. Otras, plazas políticas. También hubo una que sonaba a guitarra filosa, poesía torcida y pogo interminable. Ahí, en esa misa plebeya, el Indio ofició sin sotana y sin pedir permiso.
Nunca quiso ser prócer. Eso lo salva. Los próceres suelen quedar quietos en el bronce; el Indio seguirá moviéndose en una frase, en una madrugada, en un parlante roto, en una ruta hacia ninguna parte. Se cuidó de la televisión, de la industria, de los homenajes fáciles. Y construyó, desde la distancia, una cercanía feroz. Pocos hablaron tanto sin hablar todo el tiempo.
Su enfermedad, ese “Mr. Parkinson” al que nombró con ironía amarga, le fue quitando escenario pero no presencia. El cuerpo se repliega; la obra no. La voz, cuando es verdadera, aprende a vivir sin garganta .
Hoy millones sienten que se murió alguien de la familia, aunque nunca lo hayan visto de cerca. Eso también habla de él. De esa rara capacidad de meterse en la vida ajena sin golpear la puerta. De acompañar duelos, amores, broncas, derrotas, resurrecciones mínimas. De ponerle música a una patria subterránea que no siempre sale en los diarios pero existe, insiste, canta.
El Indio se murió. Pero esta noche, en algún barrio, alguien va a subir el volumen. Otro va a llorar sin saber bien por qué. Alguien va a decir una frase suya como quien prende una vela. Y en alguna esquina, seguro, va a empezar de nuevo ese ritual desprolijo y sagrado: abrazarse con desconocidos porque una canción nos recordó que todavía estamos vivos.
Porque al final era eso.
Vivir solo cuesta vida.