El gobernador Claudio Vidal, pide autorización para tomar deuda en moneda extranjera en medio de salarios deteriorados, municipios asfixiados y una provincia golpeada por el ajuste de Javier Milei. La pregunta incómoda: ¿financiar el futuro o tapar el fracaso de gestión?
Claudio Vidal no está pidiendo solamente autorización para endeudar a Santa Cruz. Está pidiendo algo más profundo, más delicado y políticamente más revelador: que la provincia le financie, durante los próximos años, el fracaso de una administración que prometió ordenar, reconstruir y poner de pie al Estado, pero que hoy llega a la Legislatura con la gorra en la mano y un proyecto de deuda por hasta 600 millones de dólares.
No es un detalle menor. Es una confesión.
El gobierno provincial presentó el proyecto como una herramienta para financiar obras estratégicas, infraestructura y desarrollo. El ministro de Economía, Ezequiel Verbes, dijo que la Provincia pidió autorización para endeudarse por hasta 600 millones de dólares. La ministra de Gobierno, Belén Elmiger, defendió la iniciativa con el argumento de que Santa Cruz necesita resolver un déficit de obras estructurales.
Hasta ahí, el libreto conocido. Todo endeudamiento se anuncia en nombre del futuro. Ningún gobierno dice que toma deuda porque no puede más. Nadie convoca a los acreedores diciendo “fallamos”. Se habla de inversión, de rutas, de puertos, de energía, de infraestructura, de desarrollo productivo. Palabras nobles, necesarias incluso. Pero la política obliga a mirar el momento, no sólo el envoltorio.
Y el momento es éste: salarios que no alcanzan, municipios asfixiados, obra pública nacional paralizada, pérdida de empleo, caída de consumo, cierre de comercios, conflictos gremiales y una sociedad que empieza a medir al gobierno no por sus promesas sino por la heladera.
La deuda aparece entonces no como una herramienta limpia de planificación, sino como el último recurso de una gestión que no logró mostrarle al pueblo santacruceño una promesa grande cumplida.
El problema no es sólo la deuda: es cuándo llega
Una provincia puede endeudarse. Claro que sí. No hay que caer en un purismo infantil. El crédito público existe y puede servir cuando está atado a proyectos concretos, controlables, con impacto económico real, plazos razonables y consensos políticos amplios.
Pero cuando la deuda llega después de dos años de desgaste, de internas, de funcionarios que entran y salen, de conflictos salariales persistentes y de una provincia socialmente golpeada, la pregunta cambia.
Ya no es: ¿para qué se toma deuda?
Es: ¿por qué Vidal necesita tomar deuda ahora?
Ahí empieza el problema político.
Porque Vidal no llegó al gobierno como un tecnócrata que prometía administrar un Excel. Llegó con el traje simbólico del dirigente sindical, del hombre del petróleo, del que conocía el territorio y decía saber dónde dolía Santa Cruz. Llegó prometiendo orden, autoridad, trabajo, eficiencia. Pero la realidad fue otra: gobernar exige mucho más que denunciar al gobierno anterior, mucho más que confrontar en campaña, mucho más que repetir que la herencia era pesada.
Gobernar exige construir equipos, sostenerlos, escuchar intendentes, negociar con gremios, ordenar prioridades, cuidar recursos y, sobre todo, producir resultados.
Hasta ahora, lo que aparece es una administración que fue perdiendo capital político mientras la vida cotidiana se volvía más difícil.
Milei, la motosierra y la soledad del obediente
Hay un dato que Vidal no puede esquivar: Santa Cruz fue golpeada por el programa nacional de Javier Milei. Los intendentes lo detallan en el proyecto que presentaron ante la Cámara de Diputados: caída brutal de la obra pública nacional, eliminación del Fondo Compensador del Transporte, recorte de ATN, eliminación del FONID y deterioro general de los recursos municipales.
El documento de los jefes comunales sostiene que entre marzo de 2024 y marzo de 2026 la coparticipación municipal cayó 15,2% en términos reales. También afirma que la obra pública nacional en Santa Cruz sufrió una caída real del 93% durante 2024, una cifra devastadora para una provincia donde la construcción, el empleo público, la actividad petrolera, la minería y los servicios tienen vasos comunicantes permanentes.
Entonces hay una pregunta que incomoda, pero hay que hacerla: ¿la asistencia financiera nacional se volvió un espejismo para Vidal?
O más duro todavía: ¿fue una traición política?
Porque el gobernador eligió durante buena parte de su mandato una convivencia con Milei. No encabezó una resistencia federal sostenida. No hizo del ajuste nacional una frontera política infranqueable. No convirtió a Santa Cruz en una provincia rebelada contra la demolición del Estado. Más bien pareció apostar a una relación pragmática, esperando que la buena conducta tuviera premio.
Pero el premio no llegó. Llegó el recorte.
La motosierra no distinguió obedientes de opositores. Arrasó con obra pública, fondos docentes, transporte y transferencias. Y cuando la crisis empezó a sentirse en cada localidad, los municipios quedaron en la primera línea, atendiendo reclamos sociales con recursos cada vez más flacos.
Por eso la imagen es tan amarga: Vidal acompañó, toleró o no enfrentó con suficiente fuerza un rumbo nacional que terminó lastimando a Santa Cruz. Y ahora, cuando necesita auxilio, parece descubrir que en Buenos Aires el teléfono no siempre suena de vuelta.
Los intendentes le muestran otra puerta
La reacción de nueve intendentes y presidentes de comisiones de fomento es uno de los hechos políticos más relevantes de este episodio. No porque griten más fuerte. Al contrario: porque no se limitaron a rechazar. Presentaron una contrapropuesta.
El proyecto firmado por jefes comunales plantea crear un Programa de Fortalecimiento Financiero Transitorio Municipal y Provincial y usar los recursos disponibles del Fondo Fiduciario UNIRSE. La propuesta distribuye el 50% de los fondos existentes entre municipios y comisiones de fomento según coeficientes objetivos de coparticipación, y habilita al Poder Ejecutivo provincial a utilizar el otro 50% con idénticos fines: salarios, deudas, servicios, déficits operativos y funcionamiento estatal.
Ahí hay una diferencia de método y de concepción.
Los intendentes dicen: usemos recursos existentes, distribuyamos con reglas claras, evitemos discrecionalidad, atendamos la emergencia sin comprometer el futuro en dólares.
Vidal dice: autorícenme a endeudar a la Provincia.
No es una diferencia contable. Es una diferencia política.
Además, el movimiento tiene una fuerza simbólica evidente: intendentes de distintas pertenencias, algunos incluso cercanos en distintos momentos al armado provincial, se agrupan para marcarle un límite al gobernador. El segundo documento que tenemos lo formula sin anestesia: los intendentes buscan frenar un “feroz endeudamiento en dólares” y acusan al gobierno de empujar a Santa Cruz hacia un colapso financiero.
Podrá discutirse el tono. Pero el hecho político está ahí: el territorio empieza a contestarle al centro del poder provincial.
Y no lo hace con una consigna vacía. Lo hace con una ley alternativa.
YPF, los 200 millones y la pregunta que no se apaga
Hay otro punto que Vidal debería explicar con una claridad que hasta ahora no aparece en la vida pública provincial: la salida de YPF.
Los intendentes sostienen que el retiro de YPF de Santa Cruz implicó la desvinculación de miles de trabajadores petroleros, golpeó el empleo, el consumo y la recaudación de las localidades afectadas. También remarcan que, en el marco del acuerdo, la Provincia recibió un bono resarcitorio de 200 millones de dólares por pasivos históricos y ambientales, pero que esos fondos no fueron coparticipados a los gobiernos locales que padecieron en primera línea el impacto económico y social de esa salida.
Ese párrafo vale una nota aparte. Pero en esta discusión deja una pregunta elemental:
Si ingresaron recursos extraordinarios por YPF, si existe un Fondo UNIRSE con recursos acumulados, si los municipios están pidiendo una distribución objetiva, ¿por qué la respuesta prioritaria del gobierno es tomar deuda externa?
La pregunta es simple. La respuesta, hasta ahora, no.
La gente no lee balances: cuenta monedas
El gobierno puede hablar de infraestructura, de obras estratégicas y de futuro. Pero la gente vive en presente.
La imagen de un gobernador no cae solamente por una encuesta. Cae cuando el salario deja de alcanzar. Cae cuando una familia cambia carne por fideos. Cae cuando el comerciante baja la persiana. Cae cuando el empleado público mira el recibo y sabe que otra vez perdió. Cae cuando el municipio no puede sostener servicios sin pedir auxilio.
El Destape informó en abril sobre un paro gremial de 72 horas contra la crisis salarial en Santa Cruz, con una frase que resume el clima social: “No podemos alimentar a nuestros hijos”.
Esa frase no necesita demasiada teoría. Es política en estado puro. Es el límite material de cualquier discurso.
Porque la gente no evalúa la gestión con PowerPoints. La evalúa en el bolsillo. La padece en la heladera. La lamenta en la mesa.
Y ahí Vidal tiene un problema serio: si después de dos años el gobierno no puede mostrar una mejora concreta en la vida cotidiana, pedir 600 millones de dólares no suena a plan de desarrollo. Suena a respirador artificial.
La deuda como certificado de impotencia
OPI Santa Cruz, desde una mirada abiertamente crítica, sostiene que el nuevo pedido de endeudamiento repite argumentos usados por el gobierno cada vez que buscó abrir la puerta a tomar deuda, intentando generar empatía en gremios, oposición y opinión pública. También remarca que el proyecto pasó a comisiones en la Cámara. ([OPI Santa Cruz][3])
Ese punto importa. Porque Vidal no sólo necesita votos legislativos. Necesita algo más difícil: reconstruir confianza.
Y la confianza no se decreta. Se gana.
Se gana mostrando números completos. Se gana explicando qué se hizo con cada recurso extraordinario. Se gana detallando obra por obra. Se gana aceptando controles. Se gana convocando a intendentes, gremios, legisladores y sectores productivos antes de pedir un cheque en blanco. Se gana, sobre todo, demostrando que el endeudamiento no será usado para tapar agujeros de una administración desordenada.
Porque si la deuda se toma para transformar la matriz productiva, que se diga cómo, cuándo, dónde, con qué retorno y bajo qué control.
Pero si la deuda se toma para ganar tiempo político, entonces hay que decirlo con todas las letras: Santa Cruz estaría hipotecando su futuro para financiar la supervivencia de un gobierno que no logró ordenar el presente.
El ex sindicalista ante su espejo
Vidal enfrenta ahora una contradicción íntima de su propia biografía política.
El dirigente que venía del mundo del trabajo, el ex sindicalista petrolero, el hombre que decía conocer el valor del salario y de los recursos naturales, termina pidiendo endeudamiento en dólares en una provincia atravesada por conflictos salariales y caída de actividad.
La paradoja es brutal.
Un sindicalista sabe que no se firma cualquier cláusula. Sabe que el futuro no se entrega livianamente. Sabe que una mala negociación puede condicionar durante años a los trabajadores. Entonces, ¿por qué pedirle a Santa Cruz que acepte una deuda de semejante magnitud sin antes agotar alternativas internas, transparentar recursos existentes y construir un consenso social amplio?
En política, las biografías no absuelven. A veces condenan más.
Porque no es lo mismo que este endeudamiento lo impulse un banquero de carrera a que lo impulse alguien que construyó poder hablando en nombre de los trabajadores. No es lo mismo. Vidal no puede alegar inocencia frente a las consecuencias de comprometer ingresos futuros. Conoce demasiado bien qué pasa cuando una mala decisión arriba se paga abajo.
La pregunta que queda
La discusión recién empieza. El gobierno intentará presentar la deuda como una herramienta de desarrollo. Los intendentes ya respondieron con una alternativa basada en el uso del UNIRSE. Los gremios miran con desconfianza. La Legislatura tendrá que decidir si concede o no una autorización de enorme alcance.
Pero la pregunta política de fondo ya quedó instalada:
¿Claudio Vidal busca financiar el futuro de Santa Cruz o busca que Santa Cruz financie el fracaso de Claudio Vidal?
Esa es la discusión real.
Porque la deuda, en este contexto, no es sólo un instrumento financiero. Es una confesión política. Y tal vez la más grave desde que Vidal llegó al poder: la confesión de que el gobierno que prometió reconstruir Santa Cruz no encontró otro camino que pedir dólares prestados para seguir caminando.
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