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Ya cerraron 41.000 kioscos desde que asumió Milei

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Ya cerraron 41.000 kioscos desde que asumió Milei

El consumo desplomado, el aumento de los costos y la caída de las ventas golpean a uno de los sectores más tradicionales del comercio. Los kiosqueros comparan la crisis con la de 2001.

Hay indicadores económicos que se anuncian en conferencias de prensa y otros que se observan caminando por cualquier barrio del país. El cierre de los kioscos pertenece a esa segunda categoría. Donde antes había una persiana abierta desde temprano hasta la medianoche, hoy aparecen locales vacíos, carteles de alquiler o comercios que intentan reinventarse para sobrevivir.

Desde la llegada de Javier Milei a la Presidencia, Argentina perdió 41.000 kioscos tradicionales. El dato, difundido por la Unión de Kiosqueros de la República Argentina (UKRA), refleja una de las consecuencias más visibles del derrumbe del consumo y del deterioro del ingreso de las familias.

Hace apenas dos años y medio funcionaban alrededor de 100.000 kioscos en todo el país. Hoy quedan cerca de 59.000. La estadística equivale al cierre de unos 50 comercios por día.

No se trata únicamente de negocios que desaparecen. Detrás de cada persiana baja hay familias que vivían de una actividad históricamente considerada uno de los emprendimientos comerciales más accesibles para la clase media y los sectores populares.

Los kioscos siempre fueron un termómetro de la economía cotidiana. Venden productos de compra impulsiva, pequeños consumos diarios y artículos de necesidad inmediata. Cuando dejan de vender golosinas, bebidas, cigarrillos o recargas, el problema no suele estar en el kiosco sino en el bolsillo de quienes dejaron de comprar.

El vicepresidente de UKRA, Ernesto Acuña, fue contundente al describir el escenario. Aseguró que el sector atraviesa una crisis comparable con la de 2001, aunque con una diferencia preocupante: "esta vez fue más de golpe".

La comparación no resulta menor. La crisis de 2001 provocó el cierre de miles de comercios por el colapso financiero y la recesión acumulada. En cambio, el actual deterioro se produjo en poco más de dos años, impulsado por una fuerte caída del consumo, el aumento de tarifas, alquileres, servicios e impuestos, junto con una pérdida persistente del poder adquisitivo.

Mientras el Gobierno celebra la desaceleración de la inflación y el equilibrio fiscal, los pequeños comerciantes sostienen que esas variables todavía no se traducen en una mejora de las ventas.

La baja de la inflación puede ordenar parte de la macroeconomía, pero no devuelve automáticamente el dinero que los consumidores perdieron durante meses de licuación salarial. Los precios dejaron de crecer al ritmo de principios de 2024, pero permanecen sobre niveles que muchos hogares ya no pueden afrontar.

El fenómeno también expone otra transformación del mercado. Las grandes cadenas de supermercados, mayoristas y plataformas digitales concentran cada vez más ventas gracias a promociones, descuentos bancarios y programas de fidelización imposibles de igualar para un comercio de barrio.

Los kioscos, históricamente sostenidos por la cercanía con los vecinos, quedaron atrapados entre costos crecientes y clientes que cada vez compran menos.

A eso se suma un cambio en los hábitos de consumo. Productos que antes se adquirían de manera cotidiana hoy son reemplazados por opciones más económicas o simplemente dejan de comprarse. Las compras impulsivas desaparecen cuando la prioridad pasa a pagar el alquiler, la luz o llenar la heladera.

Cada kiosco que baja la persiana también significa menos empleo. Muchos de estos comercios funcionan con trabajo familiar y representan el ingreso principal de hogares que encuentran cada vez menos alternativas laborales.

El Gobierno insiste en que el sacrificio actual es el precio necesario para construir una economía más estable. Sin embargo, la estabilidad pierde respaldo social cuando miles de pequeños comerciantes no llegan a verla porque deben cerrar antes de que la recuperación aparezca.

No se trata solamente de una discusión económica. Los kioscos forman parte de la vida cotidiana de los barrios, generan empleo, ofrecen servicios básicos y mantienen una red comercial que muchas veces sobrevive donde no llegan las grandes cadenas.

Su desaparición habla de una economía que concentra cada vez más actividad en grandes operadores mientras expulsa a quienes históricamente sostuvieron el comercio minorista.

La historia económica argentina demuestra que los pequeños comercios suelen ser los primeros en sentir las crisis y los últimos en beneficiarse de las recuperaciones.

Por eso, el cierre de 41.000 kioscos no debería interpretarse como un problema sectorial. Es una señal de alarma sobre el estado del consumo, del empleo y del poder adquisitivo.

Mientras las estadísticas oficiales muestran una inflación más baja, otra estadística refleja una realidad menos alentadora: cada día, medio centenar de comerciantes deja de creer que su esfuerzo alcanzará para mantener abierta la persiana.

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