Durante décadas, una de las preguntas más inquietantes de la astronomía fue también una de las más simples: si la galaxia tiene miles de millones de años y una cantidad gigantesca de planetas, ¿por qué todavía no encontramos señales evidentes de civilizaciones extraterrestres?
Un nuevo estudio propone una explicación posible. La edad de un planeta podría importar mucho menos de lo que parece.
Investigadores encabezados por Christopher Doughty, de la Universidad del Norte de Arizona, desarrollaron un modelo que intenta estimar cuánto podría haber avanzado la evolución en planetas cercanos a partir de una variable diferente: la cantidad total de energía capturada mediante fotosíntesis durante toda su historia.
El trabajo fue publicado en septiembre de 2026 en el International Journal of Astrobiology y analiza 29 exoplanetas considerados potencialmente compatibles con condiciones que permitirían agua líquida.
La hipótesis de los autores es provocadora: un mundo puede ser miles de millones de años más antiguo que la Tierra y, aun así, encontrarse biológicamente muy por detrás si durante todo ese tiempo produjo poca materia orgánica mediante fotosíntesis.
La idea parte de algo que conocemos bien en nuestro propio planeta.
La fotosíntesis transforma energía luminosa en energía química y permite incorporar carbono a la materia orgánica. Esa producción constituye una de las bases energéticas de los ecosistemas terrestres.
Cuanta más producción biológica existe, mayor puede ser la cantidad de energía disponible para sostener redes ecológicas complejas.
Los investigadores plantean entonces una hipótesis sencilla, aunque todavía altamente experimental: la cantidad acumulada de carbono fijado mediante fotosíntesis podría utilizarse como una aproximación para estimar hasta qué etapa evolutiva pudo llegar un planeta.
Eso cambia radicalmente la pregunta.
Ya no alcanza con saber cuántos años tiene un mundo.
También importa cuánta luz recibe, cuál podría ser su temperatura, qué cantidad de precipitaciones tendría, qué superficie estaría disponible para organismos fotosintéticos y durante cuánto tiempo esas condiciones se mantuvieron.
La Tierra sirve como referencia.
Según los cálculos utilizados en el estudio, nuestro planeta acumuló aproximadamente 9,4 × 10²⁵ gramos de carbono fijado a lo largo de su historia biológica.
Una parte considerable de esa producción ocurrió después de la expansión de organismos fotosintéticos mucho más eficientes, incluidas las plantas vasculares.
Los científicos aplicaron después el mismo razonamiento a mundos ubicados fuera del Sistema Solar.
Uno de los casos más interesantes fue TRAPPIST-1e.
El planeta se encuentra a unos 40 años luz de distancia y orbita una enana roja. Es uno de los mundos del famoso sistema TRAPPIST-1 que desde hace años concentra la atención de quienes buscan planetas potencialmente habitables.
Pero ser antiguo y encontrarse dentro de una zona donde podría existir agua líquida no significa necesariamente poseer una biosfera compleja.
El modelo estimó que, bajo determinadas condiciones consideradas por los autores, TRAPPIST-1e necesitaría alrededor de 18.000 millones de años para alcanzar una fijación acumulada de carbono equivalente a la de la Tierra.
Su edad estimada es considerablemente menor.
Eso llevó a los investigadores a plantear que, si allí existiera vida y si su evolución dependiera de procesos comparables a los terrestres, podría encontrarse todavía en una etapa predominantemente microbiana.
La conclusión necesita una aclaración fundamental: nadie observó microorganismos en TRAPPIST-1e.
Tampoco existe evidencia de vegetación, océanos habitados o civilizaciones en ese planeta.
Se trata de una estimación construida mediante modelos climáticos y biológicos que parten de la suposición de que una eventual vida extraterrestre tendría mecanismos similares a los que conocemos en la Tierra.
El equipo amplió el cálculo a 29 exoplanetas de nuestro vecindario estelar.
Dos mundos aparecieron particularmente destacados: GJ 1061c y K2-3d.
Según diferentes escenarios analizados en el trabajo, ambos podrían superar a la Tierra en producción primaria acumulada debido a una combinación favorable de tamaño, temperatura, iluminación y antigüedad.
Eso no significa que estén habitados ni que allí existan seres inteligentes.
El estudio solamente indica que, bajo las hipótesis utilizadas, tendrían condiciones capaces de permitir una cantidad acumulada de producción biológica compatible con etapas evolutivas avanzadas.
Los investigadores identificaron además varios planetas que podrían alcanzar niveles de producción suficientes para sostener potencialmente vida multicelular.
El panorama general, sin embargo, es menos espectacular que el imaginado habitualmente por la ciencia ficción.
La mayoría de los mundos analizados quedó por debajo de los niveles acumulados por la Tierra.
¿Por qué puede ocurrir esto si muchos son considerablemente más antiguos?
Una de las respuestas está en sus estrellas.
Una gran proporción de los exoplanetas rocosos cercanos conocidos gira alrededor de enanas rojas, estrellas pequeñas, frías y mucho menos luminosas que el Sol.
Para recibir suficiente energía, los planetas habitables deben orbitar muy cerca de ellas.
Esa cercanía puede provocar rotación síncrona: un hemisferio permanece permanentemente orientado hacia la estrella mientras el otro queda en oscuridad.
En esas condiciones, la superficie disponible para una fotosíntesis semejante a la terrestre podría reducirse notablemente.
Además, recibir luz no es suficiente.
El crecimiento biológico depende de múltiples variables.
Un desierto terrestre, por ejemplo, puede recibir enormes cantidades de energía solar y, sin embargo, mantener una productividad vegetal relativamente baja debido a la falta de agua.
Precisamente las precipitaciones aparecieron como uno de los factores más importantes en el nuevo estudio.
En varios de los mundos con mejores resultados, la disponibilidad de agua sería el principal elemento capaz de limitar la producción fotosintética.
Eso llevó a los autores a sugerir incluso que, si alguno de estos planetas hubiera desarrollado vida compleja, sus ecosistemas podrían parecerse más a ambientes secos o templados que a exuberantes selvas tropicales.
Doughty utilizó una comparación cinematográfica: esos mundos podrían tener más de “Dune” que de “Avatar”.
La imagen es atractiva, pero detrás existe una pregunta científica profunda.
¿La evolución necesita solamente tiempo o también necesita disponer de suficiente energía durante ese tiempo?
En la Tierra, la historia biológica no avanzó a una velocidad constante.
Durante miles de millones de años predominó la vida microscópica. La diversificación de organismos complejos ocurrió mucho después y estuvo asociada con transformaciones ambientales, metabólicas y ecológicas.
El nuevo modelo intenta convertir parte de esa historia en una herramienta para estudiar otros mundos.
La propuesta también toca indirectamente la famosa paradoja de Fermi.
El físico Enrico Fermi se preguntó por qué, si una galaxia tan antigua debería ofrecer innumerables oportunidades para el surgimiento de civilizaciones tecnológicas, no vemos señales claras de ellas.
El trabajo de Doughty y sus colaboradores plantea una posibilidad: quizás muchos planetas potencialmente habitables cercanos sean viejos en términos geológicos, pero jóvenes en términos biológicos.
No porque la evolución se haya detenido, sino porque el flujo total de energía disponible para sostenerla habría sido mucho menor.
Sin embargo, el estudio está lejos de demostrar que nuestro vecindario cósmico carezca de civilizaciones.
El propio trabajo depende de supuestos importantes.
El primero es que la vida existe en esos mundos.
El segundo, todavía más restrictivo, es que utiliza fotosíntesis y desarrolla ecosistemas de una manera comparable a la terrestre.
El tercero supone una relación suficientemente estrecha entre carbono fijado y complejidad evolutiva como para utilizar una variable como aproximación de la otra.
La evolución real es mucho más complicada.
Mutaciones, extinciones, cambios atmosféricos, tectónica, composición química, océanos, catástrofes, competencia entre especies y una enorme cantidad de acontecimientos contingentes pueden modificar por completo la historia de un planeta.
Incluso en la Tierra, más producción vegetal no garantiza automáticamente inteligencia.
La humanidad apareció una sola vez dentro de una historia evolutiva de miles de millones de años y todavía desconocemos qué combinación de circunstancias hizo posible ese resultado.
La atmósfera constituye otra gran incógnita.
Cambiar su composición podría modificar radicalmente la temperatura de un exoplaneta, el movimiento de las nubes, las precipitaciones y la cantidad de radiación que llega a la superficie.
Por eso futuras observaciones, especialmente aquellas capaces de estudiar atmósferas de mundos rocosos, podrán mejorar o descartar muchas de estas estimaciones.
El Telescopio Espacial James Webb ya abrió esa etapa al intentar caracterizar las atmósferas de algunos exoplanetas cercanos, aunque obtener información detallada de mundos pequeños continúa siendo extremadamente difícil.
El nuevo estudio no encontró extraterrestres.
Tampoco los descartó.
Lo que propone es cambiar la manera de pensar dónde buscarlos.
Un planeta muy viejo puede parecer, a primera vista, un candidato perfecto para que la evolución haya tenido tiempo de producir organismos complejos.
Pero si durante miles de millones de años recibió poca energía útil, tuvo escasas lluvias o dispuso de una superficie limitada para la fotosíntesis, ese enorme tiempo transcurrido podría no haber sido suficiente.
En términos cósmicos, cumplir años no necesariamente significa crecer.